Blog de JoseDiazRomero

Melina o Albores de amor del joven Galbraith 1

Escrito por JoseDiazRomero 03-04-2018 en Novela. Comentarios (0)

PROLOGO

-.Mi último encuentro con el joven Galbriet.

 

  Hace algunos años, no muchos, un domingo 18 diciembre del 2004 de tarde gris, fría y lluviosa.

  Tomaba tranquilamente una cerveza y, con ligera nostalgia, miraba, atreves de los cristales del Bar Tres Tomb, la lluvia caer y el pasar de gente de un lado a otro. Muchos de ellos iban con paragua, otros corrían en un intento de mojarse lo menos posible y otros parecían esperar pacientemente, bajo los portales del mercado de San Antonio, a que la lluvia amainase un poco para proseguir su camino.

  El Bar estaba lleno de clientes, la mayoría gente joven. Unos, como yo, miraban el paisaje exterior por las amplias cristaleras que formaban las paredes delanteras del bar; otros charlaban amigablemente con sus compañeros o compañeras de mesa. En un momento, como guiado por la sintonización de una misma frecuencia, mire al frente, hacia la puerta, y vi al joven Galbriet que hacia su entrada al establecimiento secándose, a la medida de lo posible, con las manos sus rubios y rojizos cabellos de irlandés.

  -¡Hola, José! –me dijo acercándose, cogió la silla que estaba al otro lado de la mesa y se sentó enfrente de mí.

  -¡Hola, Galbriet! ¿Qué tal, todo bien? ¿Y el amor? –le pregunte con una ligera sonrisa y sin mayor interés para no hurgar en heridas.

-¿El amor?  Mi amor con Melina mal, pero creo, como se suele decir, que el tiempo borrara sus huellas o no hay mal que cien años dure. He conocido a una chica que a hecho florecer nuevamente la sonrisa en mi alma, y por lo demás; todo bien.

  -Sí, el tiempo a veces es un buen aliado para comprender cosas y suplantar amores y olvidar historias que no han ido bien –le dije, moviendo ligeramente  la cabeza de arriba abajo para confirmar  mi opinión.

  -Toma, José – me dijo alargándome una carpeta una carpeta color negro y cerrada con gomitas del mismo color-, dentro hay unos cuantos folios escritos a mano. Es para que lo leas, son unos cuantos poemas y unas cartas que he escrito describiendo mi estado de ánimo, recordando mi relación con Melina y todo lo que supone para mí que me haya dejado. Entre otras cosas ha provocado en mis lágrimas de desdicha y una feroz melancolía y nostalgia.

  -Bueno, tienes porte y palabras de poeta, no creo que tardes mucho en enamorarte y ser correspondido. Espero que no caigas –le dije en broma- en la tentación de algunos románticos del siglo XVIII y XIX que hicieron de su desengaños amorosos un camino para ensalzar su desdicha y abocarse a la tragedia como forma de curar su fiebre amorosa.

  -Yo no diría tanto, pero me duele en el corazón pensar que ya no me quiere y que hay otra persona a la que ama más que a mí y se entrega a él; pensar eso me duele mucho.

  Me pregunto ¿Cómo una persona de un día para otro, puede dejar de amar al que ama? Y solo encuentro una respuesta: El interés personal, el interés material. Pero como te digo he vuelto a sonreír, y como esto lo tenía escrito igual lo público

  -Buena parte de la vida es interés –le dije- y no siempre eso es malo; siempre buscamos, por lógica, lo mejor para nosotros, lo que más nos conviene, lo que más nos satisface y las cuestiones de amores no son menos.

  -No, sé; prefiero no pensar -me dijo- Y más ahora que he conocido a otra chica

  - Eso está bien –le dije.

  - Sí -me respondió con ojos y mirada cansada.

  -¿Quieres una cerveza?

  -No, gracias José, me tengo que marcha he quedado con un amigo, nos queremos ir pasado mañana a Indonesia y estar unos 15 o veinte días. Léetelo, por favor –me dijo señalando la carpeta- y me dices que te parece. Cuando vuelva de Indonesia te llamo y quedamos aquí y comentamos, sí quieres, esto que he escrito -me dijo señalando la carpeta negra que contenía los folios.

-Bien te prometo que lo leeré y estaré encantado de comentarlo contigo.

-Son escritos dedicados a ella; lo que pienso y como me encuentro por el solo hecho de no estar con ella. Me sabe mal darle la paliza a la gente con mis rollos de amor.

-No te preocupes Galbriet me gusta hablar contigo.

-Gracias, José; ahora me tengo que ir. He venido especialmente para verte, sé que los domingos por las mañanas vienes a tomar un café y a leer el diario. Cuando vuelva te llamaré y quedamos para tomar unas cervezas y hablamos, comentamos cosas y hablamos de lo escrito aquí.

-Bien, me parece muy bien Galbriet, gracias por dejarme este trabajo para que lo lea.

-De nada, gracias a ti José, me gusta charla contigo y ya que lo tenía escrito lo he ordenado y me he dicho:

-Porqué, no sé lo das a José que lo lea, te dé su opinión y sí es positiva lo publicas; y aquí estoy.

-Pues, nada gracias; a la vuelta nos vemos y comentamos. Así, que pasaras las navidades y año nuevo en Indonesia.

-Sí, estaré con un amigo hasta el 4 de enero.

-Pues, feliz Navidad y año nuevo.

-Lo mismo te digo, José – me dijo extendiéndome su mano derecha.

Nos dimos un apretón de mano y nos deseamos suerte.

 

  Han pasado unos cuantos años desde aquel día y desde entonces no he sabido nada de él. Nunca más he vuelto a verlo ni he recibido una llamada suya, yo le he llamado mucha veces al número de móvil que me pasó, pero nunca me contestó, y cuando lo hicieron fue para decirme que me equivocaba y a la pregunta cuánto tiempo llevaba con ese número de teléfono me dijeron que unos seis meses.

  Intente encontrarme con sus amigos a los que conocía de haberlo visto hablando con él en algunos locales del Raval, les pregunte sobre el paradero de Galbriet y me dijeron que hacía mucho tiempo, desde diciembre del 2004, que no tenían noticias de él, y temían que el tsunami de Indonesia lo habría arrastrado y su cuerpo reposaría en algún lugar de aquellas lejanas tierras.

Todos sabíamos que era irlandés, pero por mis preguntas y las respuestas que obtuve de sus conocidos llegue a la conclusión que nadie sabía de qué lugar de Irlanda era ni la dirección de alguno de sus familiares. Ni siquiera la chica a la que amó, y que hace mención en estos escritos, sabía su paradero o de algunos de sus parientes o lugar de nacimiento o de qué lugar de Irlanda provenía.

Contaba con diecisiete años cuando llego a Barcelona para realizar algunos cursos de filosofía y en unas de esas tardes de verano en el Bar Zúrich fue cuando se encontró con Melina y estableció con ella una relación.

  Era un joven alto, de cabellos rubio rojizo, de buen parecido y de mirada fija y penetrante, que destilaba muchas veces conocimiento y le daba una expresión de serio, pero cuando uno hablaba con él, el registro de su rostro mostraba variedad y era las más de las veces fresco y alegre .

  Siempre llevaba un libro encima; bien de poesía, bien novelas, ensayos, libros de física, matemáticas, de filosofía y otras ciencias, se le podía ver en cualquier sitio leyendo: un semáforo, en el metro, en un portal, en un bar, en un banco incluso en bares musicales y alguna que otra discoteca.

  Él tenía 22 años cuando me dio aquella carpeta con aquellos folios escrito a mano y en castellano. Le había preguntado sí lo había escrito en inglés antes y me contesto que no, que lo había escrito directamente en castellano porque tenía pensado enviárselos a Melina. También me conto que le gustaba escribir en español, que desde los cinco años lo había estudiado en la escuela y había leído mucho a escritores y poetas de la generación del veintisiete. 

 

  Los años pasados me han parecido suficientes como para darme el permiso de publicar los escritos de mi joven amigo. Esto es tuyo. Los años pasados me han parecido suficientes como para darme el permiso de publicar los escritos de mi joven amigo. Aún confió, que un día, aparezca por este barrio de Raval, estreche su mano y le entregue este libro para decirle: Esto es tuyo. Y estaría encantado de cederle sus derechos de autor. Así, que todo las palabras que están escritas aquí fueron escritas por el joven Galbriet. 

 

  Me había contado, que a los dieciocho años salió de Inglaterra estuvo una temporada en Holanda, luego Italia y contaba con 20 años cuando llego a Barcelona y en unas de esas tardes de verano en el Bar Zurich fue cuando se encontró con Melina y estableció una relación con ella, se enamoró y ella de él. Estuvieron saliendo un año, algunas vez lo vi con ella en el bar Zurich, también por la plaza Real y en café de la Opera. Hacían buena pareja había comentado para mis adentros.

  Su tristeza y melancolía comenzó el día que ella rompió su relación con él. Una crisis de valores se hizo, desde entonces, patente en él. Un desánimo y una actitud negativa sobre el mundo y sus gentes afloraban de cuando en cuando en su espíritu, que en parte ha reflejado en estos escritos.  Un rencor profundo parece, a veces, emanar de su alma dolida. Se siente profundamente decepcionado, aun le ama y parece que un interés material ha hecho que la amada le deje. 

  Ya no es la predilección del sujeto amado, esto lo le hace entrar en una crisis de valores producto de un amor que no se tiene y que se echa en falta. Le parece que el egoísmo y el interés priman en las relaciones de los individuos anteponiéndolo aun amor sincero, carente de intereses, un amor espiritual, humano, donde el corazón de las personas prime sobre cualquier otra cosa, pero sin darse cuenta que su fórmula hace esclavo al corazón de un amor que tendría que ser para siempre. 

  Este desengaño produce una actitud crítica por la actitud de la amada, le parece chocante y triste que le diga adiós que ya no le ame. Así, que se dedica a buscar los valores de la verdad, la belleza, la búsqueda de la perfección en la necesidad de restituir lo humano, mostrándose a veces desesperado en ese ir y venir del cielo a la tierra en ese moverse en la dualidad infierno - cielo, materia - espíritu, entre lo infinito y lo finito, lo mutable e inmutable; buscando la eternidad pero regocijándose con la muerte para entender su propia limitación como ser humano que le lleva a reconciliarse consigo mismo, con la finitud. 

  Por último parece disculpar a la amada y la incita a que ame y vuele que él será un amigo, un guardián un protector.  Las heridas dejadas por el amor parecen que van a cicatrizar; pues una joven que ha conocido, y que le corresponde, ha hecho florecer de nuevo la esperanza en su corazón y le han devuelto la alegría.


Barcelona: Primera carta a la amada

  ¡Hola, amor! Estoy deambulando y meditando por las calles de la ciudad.

  El tiempo transcurre apaciblemente en el Paseo de San Juan. Contemplo, enfrente de mí, el Arco de Triunfo que se levanta majestuosamente. En el verde césped, las sombras de los árboles hacen apacible la tarde y dan cobijo a jóvenes que duermen. Una ligera brisa acaricia mi cara y hace mover las verdes ramas de los árboles, que susurran una música de siempre que me invita a sumergirme en el tiempo, que es sumergirse en el recuerdo.

  Miro el Palacio de Justicia con sus negruzcas escalinatas reafirmando el hecho histórico como un proceso del devenir, que me remite a tiempos pasados. Miro con la tranquilidad del sujeto que se regocija de tanto bien, de tanto recogimiento y de comprender que esta paz y regocijo es suficiente para llenar mi espiritualidad. Que esta afirmación de lo vivo y de lo bello; este contraste, este resurgir de colores, esta contraposición y fases de la vida humana da un sentido a mi vida y a la vida.

  Al mismo tiempo me parece extraño que participe en un igual en este plano estético. Mi espiritualidad trasciende, se desnuda para ver esta armonía sin tensión, sin preguntas. Aquí parece que cobro mi verdadera identidad y me relajo de tensiones inútiles. Pienso amor, que el verdadero ser de la cosa debe ser una pose, una figura que adquiere vida en su movimiento, en su pensar. Y que todo lo demás es el ser del mundo que adquiere pleno sentido por la unidad de todas las cosas, que no guarda siempre el mismo sitio, que no tienen siempre la misma relación, y que en el ir y venir de las cosas se sitúan en otro plano y adquiere así la conciencia subjetiva con que todos y cada uno de nosotros vemos el mundo, para alcanzar así cada uno y el todo su dimensión histórica y personal.

  Poco a poco, amor, la ciudad se está sumergiendo en la noche. La tarde ha caído del todo. Sentado en el Zurich recuerdo la primera vez que te vi: ¡Oh excelsa y adolescente juventud! ¡Oh bella estaca de primavera! ¡Oh, recuerdos imperantes! Que surcas con tu presencia los insondables espacios para decir que la vida es bella, y viéndote así es. Estabas sentada, en este mismo lugar que estoy yo ahora, con tus amigos, los ecos de vuestra conversación me llegaban como música titubeante que pugna por salir para dar a conocer la hermosura de sus pensamientos.

  Hablabais del horóscopo, tu Libra decías que las obras son amores. Eso me llamó la atención, y alcé mi vista y tus ojos expectantes se encontraron con los míos concentrados en buscar causas que expliquen las cosas. Todo mi ceño estaba recorrido por la altivez de la concentración. Tú me sonreíste con una sonrisa que se deshizo como un terrón de azúcar para expandirla en mis cercanías y no tuve más remedio que realizar una mueca de sonrisa ganado por tu hacer. Volví agachar mi cabeza para leer: “Todo principio último y primero se reduce en última instancia a un elemento: el agua”, volví a levantar mi cabeza buscándote. Y vi que rebosabas sensualidad y frescura, tu espiritualidad me atraía, te veía ligera con una vitalidad mezclada de ingenuidad e inteligencia.

  Sentada en la silla dejabas ver tus bonitas piernas y tus bragas blancas en la que se evidenciaba la forma de tu sexo, por un amplio escote enseñabas parte de tus diminutos y bellos pechos cuan labrados en el estudio de las formas.

  La tarde empezaba a caer, y en el ocaso, la ciudad empezó a encender sus luces.

  Era hermoso ver aquellas luces verdes y amarillas, rojas y naranjas de los semáforos, los escaparates, los módulos publicitarios que iluminaban por dentro la noche. El reflejo de los faros de los coches, los mecheros, el brillo de los zapatos y el reflejo tenue del asfalto. Y tú allí sentada de blanca e inmaculada juventud, buscando hazañas que moldearan tu rictus, buscando risas que ensancharán los horizontes de tu corazón.

  Te mostrabas con la confianza de la savia nueva y la alegría inconmensurable de la joven que ha ganado algunas batallas en esta temprana hora del inicio. Volví a mi posición de estudio «Del mito al logo» y al minuto noté tu presencia, alcé mi vista y ahí estabas tú mirándome con tu sonrisa de vals invitándome a tu mesa. Por entre tu cintura miré a tus amigos que me sonrieron. Te dije sí con mi corazón latiendo aceleradamente. Tu hermoso cuerpo de mujer se cimbreó al son de tus pechos y tu hermoso y convencido rostro esbozo una sonrisa que desplegó alas de alegría.

  Más tarde paseamos, yo noble y taciturno, un tanto risueño; tú alegre, segura y desbocada. Paseamos por lugares de postales y bebimos en algunas tabernas. Luego fuimos a tu casa y nos metimos en la cama para coger uno el cuerpo del otro y levitar entre besos y miradas de renovadas ilusiones que nos hacían dichosos.

  El cuerpo se convirtió así en un medio y también en un fin impregnado de sustancialidad. No era el cuerpo un lastre para nuestro espíritu, no quería nuestros cuerpos volar para encontrarse con los insondables caminos que conducen a Dios. No fue nuestro espíritu esclavo de la carne, no sintió nuestro espíritu nostalgia, ni se impacientó porque no llegaba la hora de partida: “Muero porque no muero; y tan dulce muerte espero”.  Fue nuestro espíritu, un principio primero que lo impregnó todo y luego nos dotamos de cuerpos para estar limitados, que nos dijo lo que éramos, que nos situó en el mundo de lo posible y nos dio esa finitud hermosa que es la identidad y nos amamos viendo las formas visibles de nuestros contornos.

  Cuantas veces el hombre y yo mismo, en esta juventud caduca en temprana hora que sea vestido ya con los ribetes y la liturgia del consagrado, se había perdido en el infinito buscando la verdadera finalidad de lo humano, para llegar a un punto y no encontrar nada, más que su propio cansancio y soledad.

  Cuantas veces el hombre se había trascendido buscando su propia espiritualidad más allá de lo humano para sentir asco y hastío de su propia naturaleza. Aún percibo el brillo de tu sonrisa con una levedad que llena mi ánimo y me hace sentir dichoso.

Melina, - vete ya no te quiero.

¡Qué grande es mi dolor! Y sólo el amor que te tengo me lo produce ¡A ti que tanto te amé! Hoy me aborreces. Fue de pronto, de la noche a la mañana me dijiste: ¡No quiero verte más! ¡Vete! Ya no te amo.

-

Melina. -Hoy, domingo-

  Hoy domingo mí cuerpo se mueve en el desánimo, una inmensa soledad me abate, una extraña melancolía de recuerdos y silencios me acompaña por estas calles desiertas, vacías.

  Hoy domingo quisiera encontrarme con alguien, pero no hay nadie es domingo.

  Hoy es domingo, una infinita melancolía me entristece, un torrente de recuerdos me desarbola, me desconsuela y apenan.

  Hoy es domingo, no me gustan los domingos, son tardes de soledad, tardes vacías y de silencio donde no encuentras a nadie.

  Hoy es domingo, quisiera llamarte, hablar contigo, pero es tarde y no sé si debo. Cuanto silencio y desasosiego, cuanta melancolía y tristeza hay en mi recuerdo. 

  Hoy es domingo, no me gustan los domingos; me invade la tristeza y la melancolía; por las tardes no encuentras a nadie para poder así amortiguar mi desconsuelo.

Melina. -HOY, MI MEMORIA

  Hoy mi memoria está encadenada a tus recuerdos, a tu sonrisa, al sentir de tus pechos reposar en mi cuerpo.  Hoy quisiera besar tu pubis y oler tu incienso.

  Hoy me embarga la tristeza y me abate el sufrimiento. Hoy deseo borrar de mi recuerdo tu sonrisa de azul cielo.

Hoy quisiera no sentir tus pechos reposar en mi cuerpo ni besar tu pubis ni oler tu incienso.

 

Melina. – Camino triste

  Hoy camino envuelto en un abrigo de recuerdos por las tenues y sombrías luces de las estrechas calles de la ciudad.

  Camino triste, absorto y me digo: ¡Hoy es sábado! ¡Alégrate! Busca otros senderos que te den gloria, pero cuando viene a mi memoria que te he perdido me desmorono, y aquí ando abatido, recogido en un abrigo de recuerdos. Solo queda de mí un despojo de silueta que llora; me dijiste que te ibas, que mi luz se perdía con el brillo de otras luces.

 

Melina. –Triste melancolía.

  Hoy he vuelto a la triste melancolía, la alegría no me dura nada.  Estoy envuelto en una estela de humo que me impide ver lo demás. Sé ha roto en mí ya el arco iris, pero aún razono.  Pienso que no podré olvidarte y eso me hace sufrir.

  Pienso que soy un estúpido encallado, amarrado a una farola, metido en un agujero que me impide ver el mundo en toda su amplitud.

-

Melina. –Hoy la vida.

  Hoy he retorcido mi cuerpo, movido mis manos, como si fueran alas. Un fausto placer de alegría me lleva a lanzar gritos de desdicha.

  Entre a un bar conocido y algunas criatura me miraban. Miraban como gentes vencidas, estaban pendientes de mí, querían ver mi debilidad para ver por dónde me sometían.

  Algunos frotaron sus manos dando la sensación que iban a desgastarlas.

  Les he mirado y he aprovechado este momento para agradecerles su atención.  Me han mirados sobresaltados y extrañado.

  Han desviado la mirada y han proseguido en la taberna charlando de sus cosas, queriendo esconder sus oscuras pretensiones y ocultar sus ásperas manos y sus tambaleantes piernas. Han comprendido que yo puedo ser, en un momento, la causa de sus ardores.

Melina. - Infiernos de amor

  Hoy he vuelto a casa en silencio, lleno de pena. De esas penas tan grandes que brotan lágrimas que te recorren el cuerpo y te hacen desgraciado. He vuelto sumido en el caos, donde el presente es futuro, envuelto en velos oscuros, agitado de purpurina reluciente.

  Hoy quiero recitar salves junto a coros celestiales y ver filas de niños en medio de rosas enormes y de fuentes de agua cristalina !Guiadme vosotros padres celestiales! ¡Decidme el camino! No me dejéis en medio de este fuego vaporoso que nunca se extingue.

  Hoy se levantan tempestades, embates de silencio embates de tumulto. Mi alma de niño está sola en la oscuridad, buscando amor. Buscando ese ángel tan hermoso de pelo largo, tan espiritual y tan verdadero que siento el sudor de sus carnes.

 

   Hoy me llegan fogonazos de fuego verdes, claros y llantos de hierba. En medio, un tropel de hombres sarnosos con sus vestimentas raídas por el látigo.  Montañas enteras eructaban pequeños diablos sin cuernos. Campos yermos, humeantes, sembrados de cadáveres, cruces y cruces que crecían en medio de miembros seccionados, por la luz divina.

  ¡Yo sólo quiero amor Señor! ¡Piedad Señor! No atormentes mi alma pura y desnuda como a tu hijo! ¡Señor ten piedad! La oscuridad se hacía tan grande, que abarcaba todo el orbe. Yo brincaba en medio de aquella tormenta, el viento levantaba hojarasca, pubis y arterias. Sonrisas menos pesadas que yo, hacían remolinos del cual eyaculaban sombras repletas de goce.

  ¡Bueno Señor! Puesto que negáis mi presencia, puesto que calláis ante mis súplicas negándome el cobijo de tu dicha. Yo os niego y aquí, blandiendo mi espada, juro que no descansaré hasta degollar vuestro cuerpo, y lanzar vuestro ojo de émulo a las llamas. Saltarán de ellas rayos de rabia. Yo usurparé tu trono, y de mis hombros colgará la luz del mundo.

  Trémulo y pesado, me he arrodillado y vertido lágrimas ante tanto goce de mi espíritu.

Melina. -Segunda carta a la amada

Barcelona

  La lluvia, desposeída de todo símbolo y grandeza, cae desde las oscuras nubes y posiblemente este lloviendo en otros lugares, pero lo que sí era cierto es que las gotas se dejan caer sobre el asfalto y casas; en el césped, sobre coches, sobre mí y otros objetos que formaban la realidad de aquella realidad.

   Todo aquel contraste de funciones y estéticas diferentes formaban aquella unidad de una constante acción hacia que el ahora y el después tuviera sentido; que el tiempo se pudiera contabilizar y que la vida en aquella ciudad tuviera su propio ritmo, más allá de la armonía y  el ritmo del cosmos.

  En el Otto Zut la música suena a un ritmo primitivo, sin cambios, los cuerpos danzan al mismo ritmo. Hay una armonía entre la danza y la música; una armonía de tambores, de lejanía, de primitivismo. Pero estas gentes están lejos de lo primitivo; no eran sus rostros de cutis limpio y fresco de pelo brilloso y suave; no son sus apetencias ni sus formas ni actitudes. Su danza es primitiva hay olvido en sus movimientos. Sus miembros parecen sueltos, danzan sueltos; sus rostros sonríen feliz. Las luces, los colores de sus vestidos y la diversidad de sus ropas. La pluralidad de sus seres hacia el todo verdaderamente hermoso y atractivo.

  Hay una unidad todo está envuelto por la música y el ritmo. Todo está envuelto por la diversión, por la felicidad; los deseos fluctúan en torno a lo mismo; nadie es extraño y nadie extraña a nadie.

  Lo amplio del lugar, lo escasos de su decoración donde sólo se ven linea restas. Las inexistencias de ornamentación. El no anunciar nada, el no haber elementos que lo distinguiera ni con grupos ni con épocas hacia que el sitio muestre su propio momento histórico, que era la diversidad. Diversidad unida por tres o cuatros o tal vez cinco elementos que eran comunes y hacía del lugar un espacio acogedor, fresco, sensual.

  La larga noche se extiende por la ciudad, las sombras se guarecían de la luz. Las enormes farolas visionaban el espacio vacío rompiendo la dualidad del día y de la noche, pero las sombras se hacían más oscuras con la luz y la noche.

  En otros lugares estarían amaneciendo y entreviendo un cielo azulado, un mar azulado. Los bosques verdes seguirían creciendo y formándose al ritmo del tiempo, del agua, del sol. Habría nubes formándose por la intersección del sol y el mar lanzando sus rayos en un alarde de fuerza.

  Me perdía en elucubraciones recorriendo el hacia un tiempo atrás donde la inmensidad de la tierra y el poder de la naturaleza, donde la fuerzas del bien y del mal se encontraba en estado natural y estableciendo su dominio. Había pasado mucho tiempo y la tierra había dejado de jugar un papel predominante convirtiéndose en una caja de causa efecto.

  La tierra ya era visionada desde fuera, como el Nous omnipresente de Protágoras. El dios de la cristiandad había pasado a un segundo plano. Era el hombre, el propio hombre, el que volaba a través del espacio trascendiéndose y visionando la tierra por encima de esta.

La espiritualidad del hombre salía del marco estrecho de la naturaleza, salía fuera del espacio evitable y se daba asimismo una nueva dimensión que lo aproximaba a Dios. El hombre era capaz de crear ya su propia totalidad y visionarla para descomponerla en partes, ahora era lícito y se aproximaba a la verdad y el hombre podía llamarse asimismo dios.

  Volví a mí casa de la calle Aribau 21. Las luces de neón dan a la noche esa estética y función que sumergen al hombre en una realidad que lé aleja de su propia naturalidad. En la lejanía aparecían claros de luz, el sol despuntaba ya en lo lejano del horizonte.

  Pronto la luz iría escalonando los altos edificios envueltos de musgo negro creando sombras frías y alargadas. Algunos edificios lanzarían destellos de luz hacia otros lugares de la ciudad. Seguramente, no muy lejos de allí, otros hombres y mujeres habían levantado la loza pesada del sueño y se dirigían a sus lugares de trabajo.

 Contemplé desde la altitud la tranquilidad y quietud de los edificios. Ya no se percibía la luz artificial de las cosas, ni rótulos destellantes de la publicidad. Me gusta la noche encuentras amor y cierto desenfreno, por su belleza rítmica y cambiante, por sus luces múltiples y diferentes, por el encuentro de cuerpos que se aman en la noche sin pecado y la oscuridad a veces ayuda. Me gusta a veces bañarme en el alcohol y meterme en ese torrente de ir y venir de gente toda dispuesta todas buscando lo mismo o no buscando absolutamente nada.

  Lentamente me fui despojando de andrajos, trozos de retales comprados en un amanecer de mercadillo. Con mí torso desnudo, poblado ligeramente de vello, todo púdico; mire mí cuerpo humano, la hermosura del cuerpo humano. Me senté en aquella perfecta silla que me permitía recostarse y estirar las piernas mientras relajadamente me acariciaba los genitales y mi miembro viril empezaba a erguirse recorriendo un placer por todo mi cuerpo. En aquella penumbra me sentía cómodo y relajado, pensé que me hubiera venido bien enrollarme. Me hubiera gustado poseer con mi vástago las entrañas de alguna mujer al ritmo de alguna música heavy.

  Doble mi cuerpo hacia atrás estirando todo mis músculos mirando hacia el infinito, horizonte de sueño y vida. Busque atraves de la distancia encontrar un nuevo punto, un nuevo objeto de pensamiento. Que placer más grande la de crear, la hermosura del pensamiento que va enhebrando formas para que la razón y los sentidos se cojan las manos lanzando destellos de luz. 

  Pensé en Amanta, era verdaderamente hermosa e inteligente con sus senos redondos y bellos. Imaginaba que besaba sus labios, sus pechos, su pubis. Pensé que la veneraba, vi su hermoso rostro y sentí como toda mi energía se concentraba en un punto. Empecé a besar sus labios, el orgasmo me estaba llegando, mi cuerpo se contrajo y sentí unas ligeras convulsiones mientras eyaculaba, gotas de esperma saltaron sobre sus piernas sobre sus pechos.  Así pase del placer de las sensaciones que proporcionaba mis pensamientos y las imágenes que me iba formando, a la caída, a una cierta tristeza que proporcionaba todo orgasmo cuando no hay amor por medio.

Me tumbe en la cama, me relaje y me entregue al sueño.

Melina. –Muchas gentes, hoy en día.

  Muchas gentes habían aceptado el venir del tiempo como un transcurrir moralmente estático; la tradición los coloco en un lugar justo, según sus creencia.

  Otros fueron asfixiados en el intento de ser alguien, otros, de débiles sentimientos, al empeñarse en una lucha frontal los redujo a su propia temeridad. Y al fondo se levantaba una impresionante maraña humana, del cual sobresalían cabezas de gobernantes, estructuras opacas, pergaminos revestidos de leyes y acuerdos firmados a impresionantes alturas. A ellos se unían cientos de jerarca, papas, obispo, infinidad de curas, atormentadas monjas que serpenteaban de sus bocas palabras llenas de aparentes razones.

 Cuanto vicio y retorcimiento hay en sus almas oscuras. Se erigen como representantes de todo lo que hubiera lugar. Pero lo más repugnante es su preocupación por el género humano para ello trabajan y reglamentan la convivencia de la sociedad. Sin embargo son animales desorientados; ellos debían poner fin a tanta debilidades y, sin embargo, se arrastran con sus ojillos de serpientes de secano escondiendo sus miserias, fustigándose para luego culpar a otros. Son los sumos sacerdotes, los padres de tan repugnantes propuesta que cercenan el ejercicio de la libertad en nombre de la moralidad. Personajes tan altos y tan débiles, les repugna todo, luego, en sus habitaciones, se recrean escupiendo verdes humores del tamaño de su celebro.

  Masturban su culpa con sus mandamientos y envolviéndolo todo de oscuro insomnio, así se hacen padres, patriarcas, señores, reyes y por los siglos se perpetúan. No hay más carroña desvirtuadora de la condición humana, antes hay que ser un animal con instintos de fiera, que ser un domeñado aunque sea revolucionario.

Melina. –El hombre.

  Pensé en el amor, el hombre no puede tener en el amor ese principio: la finalidad de la vida. No puede vivir de esa verdad y hacer entorno a ello su mundo. La luz que llega a veces a ese mundo es tan pobre que solo le iguala el fin perecedero de la hora final.

  No sé por qué busco en la grandeza de la amada. No sé por qué me subo hasta arriba a la verdad eterna y busco esas verdades inmateriales, inteligibles, porque me muevo en esta dualidad. Yo quiero entregarme como un perro al barro; condenarme al fuego insidioso del juego eterno. Quiero amar sentir los pechos que inundan mi boca con su manar de leche y poseer en el recuerdo los trofeos de mi bien hacer.

Melina. –Cuantos infiernos.

  Cuantos infiernos, cuantos cielos, cuantas rejas había sembrado en mí alma. La tristeza sigue y la niebla lo envuelve todo y así fui vomitando en los portales bilis y pus. Fui escupiendo ideas y de la risa pase al llanto, de la luz al estampido; de la pasión a la misericordia.

  He decidido marcharme unos días, abandonar por lo pronto, dejar esta oscuridad ruidosa que confieso que me gusta, pero me siento cansado ante tan poca  posibilidad de amor

Melina. – Narciso.

  Ahora lloro por una mujer que no me ama y amó. Quisiera ser yo como Narciso, hijo de la Ninfa Azul y contemplar eternamente mi cara en el espejo de un arroyo.

  Quiero ensimismarme y enamorarme de mi propia belleza,

Quiero estar confiado en la fidelidad de mi propio yo ¿Pero cuál será mi felicidad mirándome al ombligo?

¿Puedo yo renunciar a los trofeos de mi seducción?

¿Puedo renunciar al amor, convirtiéndome en un misógino?

Mejor compondré un himno a Eros y le ofreceré viandas.

Quizás busque tesoros y riquezas y me someta, quizás me someta al escapulario estrecho del poder.

Melina. - Paradoja-

  Como un desecho sometido al imperio del amor, como una brizna de nada revoloteo a merced y bajo el imperio de lo insustancial.

¿Hay algo más triste y menos misericordioso que la nada? ¿Hay una soledad tan grande que abata y produzca tanta zozobra, como la de haber perdido el ego?

Qué risa de ilusión sale de un alma desposeída de encumbramiento?

¿Qué misterio tiene la vida sin amor? Aquí arrastro mi cuerpo desposeído de la sensualidad de lo aprendido, embarrancado en una paradoja: en la paradoja del amor.

Melina. –Esperanza.

  Todos los elementos se me vienen encima, busco y busco para encontrarte, remuevo cientos de recuerdos, lanzo besos grandes y fuertes; giro sobre mí mismo. Mi masa cerebral queda paralizada, y automáticamente mis ojos se empañan y el sentido de la vida se vuelve vacío; es un instante de muerte.

  El sentido común puede a la razón ilógica, la vida cobra sentido; la esperanza aún vive y empiezo de nuevo.

Melina. - Engaño

  Había perdido la esperanza, una honda tristeza llenó mi corazón ¡Nunca más podré verla! Su cuerpo bello y joven se entregaría de lleno a otros hombres.

  Y lo que más dolor me producía era su cándida inocencia, siempre presta al pecado, a la entrega total.

¿Por qué no hay una ley de la compensación? Miré entre los manzanos verdes y floridos y me dije: Cuantos amores tiernos habrá en el mundo, cuantos amores grandes me esperarán con sus manos abiertas.

Melina. - Examen

  Afrodita se ríe de mi juventud y Dios me ha dejado huérfano hasta el juicio final.

¿Es que gobierna en la Hélade los bárbaros?

¿He de prometer yo lo que no tengo?

¿He de decir yo lo que no soy?

¿He de ser yo embaucador de almas nobles?

¿He de estar yo desposeído de cualquier sentimiento con tal de satisfacer mis instintos más bajos.

 Â¿He de mostrarme yo desnudo como el sacrificado?

¿He de ser yo como Fausto y vender mi alma al diablo con tal de tener amor eterno?

Melina. - Evolución

  Oscura noche de silencio insomnio triste de desespero, llanto dialéctico que me dice, que no es para tanto.

  Sarcástica locura que acechas con una sonrisa grotesca.

 Juventud de incertidumbre.

 Zozobra de dudas inciertas, de caminos pendientes de continuos retrocesos, mis lágrimas hoy tienen cierta alegría.

Melina. - El convaleciente.

  Juegos fúnebres de tenebrosa alegría, diáspora de olimpos canales, cauces subterráneos y costra que subyace aún en mi alma dolida; con muletas camino, pero ésta es sólo una, mi cuerpo ha recobrado parte de su decencia.

Melina. - Tercera carta a la amada

  Hoy he decidido abandonarme a la madre naturaleza. Acabar con este desequilibrio. Posiblemente en casa de Bertina, entre cuadros, olor a oleos y pinturas, entre almendros y follajes; contemplando los viejos rayos de sol que adormecen la tarde y la llenan de esa triste sensación y ese alegre recuerdo de los últimos estampidos del día.

   Quizás dormido en el regazo de su cuerpo se colme mí agonía y se borre de mí alma los pensamientos y las dudas que atormentan mí dicha.

  Quizás paseando por aquellas tierras, recorriendo sus campos a través de sus veredas, sorprendiéndome en los recodos del camino, descansando en las sombras de los árboles. Saciándome de los frutos de la tierra, embriagándome de sus olores; fundiéndome en las aguas frescas y cristalina de su rio.

Quizás contemplando el cielo azul y las nubes de algodón que forman rostros de titanes y dioses aguerridos de pobladas barba se colme mí dicha, se fortalezca mí animó y mi espíritu se recree en la hermosura y la dicha de la vida.

  Hoy, Melina, voy sintiendo este traqueteo, este pasar rápido de paisajes que se pierden a lo lejos. Surcando tierras labradas, abrupta y empinadas lomas, cortantes y afiladas rocas; que con la rapidez del tren se colocan enfrente de mí., voy sintiendo las desdicha, la desazón, la desesperanzas de este amor que resulta tan imposible. Esa misma frustración me hace trágico y alimento la propia tragedia del mundo. Siento la muerte en mí que me arrebata, que no hay posibilidades de cambiar mi propio destino, otro destino que mirado a la luz del mundo me parece igualmente trágico.

  Quiero llorar esta desdicha, quiero llorar la muerte que me arrebata la vida. La vida sin nada, la vida como primera función y la muerte como negación de toda posibilidad. No sentir ni siquiera la piedad o el amparo de uno, ni tan siquiera el recuerdo. Resulta que a la luz de este mundo me he equivocado.

  El sol estaba descendiendo cuando llegue a casa de Bertina. Desde los grandes ventanales que a veces estaban cubiertas de un fino visillo con bordados de encaje se podían contemplarlos rosales y los geranios del patio, ver a lo lejos los montículos cubierto de forraje y grama; los campos labrados y otros sembrados de maizales donde crecían las mazorcas y las huertas de ciruelos y almendros.

  Yo sentía un infinito placer viendo todo aquel paisaje. Aquellas casas con enramada de parra de cual colgaban racimos de uvas verdes. Aquellos esquinados rosales de donde florecían blancas, rosadas y rojas rosas. Me sentía verdaderamente bien, miraba aquel contorno y miraba el interior de aquella casa sencilla, con espacios libres y adornos que daban una sensación de sabiduría y luego Bertina. 

  Quién era aquella mujer ?Yo no la amaba, posiblemente la había amado. Siempre estaba oculta, como de tras de una cortina. Sus ojos ya no miraban para fuera sino en su interior.

Bertina aún conservaba aquella facciones que me habían cautivado, donde estaba puesta la inteligencia intuitiva y belleza felina. Qué podía decirle yo a aquella mujer tan furtiva, tan múltiple; que había renunciado a interpretar a otros personajes, para doblarlos en su mente en las tardes de invierno o para expulsarlos como demonios a los pliegos de sus lienzos. No era pobre de espíritu y ni siquiera de masiado real para volar por encima de las estrellas y contemplar los rojizos y azules mundos.

  Aunque quisiera no podía quedarme en ese mundo de naturaleza y recogimiento, rápidamente añoraba la ciudad. Prefería el afán guerrero aunque sea caminando por desiertos arenosos o encendiendo fogatas en las reposadas cumbres de la ciudad.

- Melina, dame tú amor y yo seré erguido temible guerrero. Pide mí ayuda y yo extenderé mis brazos dándote el calor de mis carnes, aún vivas y sedientas de esperanzas. Pero no, guardas tus silencios, pronuncias tus palabras frías, sin esfuerzo y con el esfuerzo de decir lo que no te importa. Y sin saber vuelves a esconderte de mí y del mundo. Desnúdate de lágrimas, y una vez vacía, yo penetraré en ti hasta la eternidad, que solo puede ser la locura.

  Alguna de estas tardes, en la taberna del pueblo, Bertina destapaba las esencias de sus fracasos, mientras las botellas de cerveza se amontonaban en torno a la mesa. Escondía su cabeza mientras hablaba de aquellas perdidas ilusiones y su cuerpo se desbrozaba en lágrimas, en un llanto acongojado. Se marchaba de la taberna y corría ladera arriba, subiendo un empinado cerro donde el sol rojo y grande aún pugnaba por perderse. Y así a la orilla del sendero, encima de aquel cerro, su cuerpo se relajaba mientras la brisa movía sus dóciles cabellos. Así hasta un nuevo amanecer.

  Yo la veía perderse por el sendero y como poco a poco la oscuridad en volvía el cerro y se perdía en él.

  Tres días más tarde decidí volver a la ciudad.  La carretera de la estación husmeaba y el alquitrán de su asfalto se pegaba a la suela de los zapatos como chicle. A pocos metros el camino de chinos, piedra y tierra con sus sendas por el pasar de los animales y vehículo paralelo al camino se alargaba un canal de riego, sus aguas servían de baño a niños atrevidos. El agua del canal corría sobre el cemento creando y deslizando verdina. Más allá del canal inmensos campos de habas, aun verdes y en cuyas proximidades jugaban los nuños entre el follaje y tomaban el sol del mediodía. Todo aquello me trajo recuerdos de mi infancia e hicieron brotar lágrimas de nostalgia.

 

Melina. - Mantis religiosa

  Mantis religiosa que siempre matas, en los altares de adolescentes jóvenes estas.

  Animal preferido por su crueldad, la mística del orgasmo sobresale de tus fauces y destruye la confiada aventura del que ama.

  Hay éstas símbolo; bandera que ondeas en las prendas de risas juveniles, en las protuberancias de verde amanecer.

  Risas de tanta impiedad, has convertido en una desventura la del osado horizonte que se atrevió a navegar encima de tu vientre.

Melina. - Maldito mi bien.

  Como pájaros de metal, sin razón, sin conciencia.

¡Existe! Mas mi conciencia no razona, sólo naufraga.

Maldito papel el tuyo, que es ninguno.

Maldito el tuyo, que es tan poco.

 Maldito tan poco, que es nadie.

Maldito nadie, que eres tú.

Maldita eres porque buscas a otros para que te lleven en sus alforjas.

  Aquí, ahora, parezco u misógino. Un misógino negando el derecho de tu libertad.

  El derecho de tu libre elección, derecho que te concedieron los dioses.

Melina. – Libre.

  Las mugrientas telarañas de mi Martirizado corazón caminan solas, ¿Debo de invocar a algún Dios?, ¿Debo refugiar mi alma en la obediencia al ser Supremo? No quiero sentir miedo, quiero ser transparente, limpio como las alturas.

  Quiero condenarme a todos los manjares exquisitos de la vida, y tu estarás, hermosa mía, limpia y purificadora, y yo negaré a todos los que hablen de mesura y me entregaré a la clarividencia de lo que veo.

Melina. - Risas de preguntas y sueños

  Preguntan sobre cosas importantes dicen que quieren hacer el mundo a su imagen y semejanza, a estos les llaman seres pragmáticos.  Como si el mundo no tuviéramos que hacerlo todos y cada uno de nosotros.

  El mundo no puede tener un corsé de tecnología, ni económico ni un corsé colectivo, ni místico, ni religioso, ni siquiera un corsé de amor.

Perdemos tanto tiempo en subsistir. Yo mismo siento pena de ese progreso estrecho, progreso que te condena a la esclavitud.

  Nos condenamos a la fábrica que ponen grilletes con hipotecas por vivienda que merecemos solo por haber nacido.

  Ya no me quieres, relucen más los metales y valen menos mis sonrisas de aliento.

  Ya no surten efectos mis palabras revolucionarias.

 Abra que romper el corsé que aprisiona la mente.

  El corsé que nos obliga a esfuerzos inútiles, pues están condenados a la propia finitud de la vida.

  Vamos a reírnos de los tecnócratas, de los místicos religiosos, del tenebroso amor que subyuga la libertad por un plato de lentejas.

 

Melina. - Soy suficiente.

. Confundido por la pesadez del camino, cansado ante tan poca luz; se vuelve todo en un laberinto de bailes, los muertos son los únicos invitados, algunos tienen esos rostros malheridos y malévolos.

 Soy suficiente. Estoy erguido de forma vigorosa. No reconozco nada; degenerado por el tiempo

  Saben que el fin, es un gran esfuerzo vestido de gala y al que sólo deben de llegar los justos.

 

Melina. -Tú me miras.

  Tú me miras fijamente, quieres ver la profundidad de mi alma. Mi alma también llora, también sufre.  La belleza es la suma de conceptos que se reflejan en el espíritu.

  Definir tu alma en mí, resulta posible, no soy un dios, yo no poseo la divinidad del todo, pues me sería imposible amarte a ti, concentrar mi alma en ti, desmenuzar hasta la infinidad la belleza de tu cuerpo y de ti: tu alma. Ven, equivocarse es humano.

 

Melina. - Encanto.

  Un sepulcro espera mi lecho nupcial. Horribles pesadillas vomitan mi bien, mi esperada y compasiva multitud.

  Aún huelo la fragancia de un podrido dedo índice y, sin embargo, este ataúd pobre y viejo me mira con repugnante complacencia.

  Hoy he de decir que tú eres mi amor, la madriguera de mis sueños, la pubertad que nunca calla. Pero de ti sólo sale odio; nace como una sangrante y adormitada bilis.

  A pesar de tu odio ¡Oh cielo azul! disfruto pensando que un día me buscarás.

Melina. - La compra:

  Esto es para ti Melina, ¡Es hermoso verdad! Lo he comprado entre la multitud, en aquel edificio grande, cientos de coches pasaban, infinidad de voces se confundían.

  No me ha costado mucho, he vendido mi ojo he cerrado mi brazo. ¡Mira, aún gotea sangre! No te preocupes mi bien amada, arrancaré mi hígado de cuajo para alimentar tus insaciables entrañas.

Melina. - Cuarta carta amada.

  Estoy cansado, amor, pienso que me pesa el alma y todo se me antoja demasiado lejos. Esta misma observación me cansa aún más. Mis ojos se tornan acuosos " estoy trabajando en ello: en el verdadero ser de las cosas, me digo.

  Me pongo de pie y miro tras las ventanas, miro a lo lejos por encima de la azoteas de los piso adyacentes para ver y sentir una lejanía sin sentido. Miro hacia abajo y veo el continuo fluir de siempre. Un todo armonioso de color mediocre. Mis ojos crispados y fijos miran hacia la habitación, y pienso que todo aquello era también mediocre; mi propia vida pienso que es mediocre.

  Me ha venido al pensamiento hacer el amor con Amanta esto le da un nuevo sentido a mi vida y dilullo, un tanto, la tristeza. Contemplaría la belleza de su cuerpo desnudo, toda su naturaleza viva amaría a ella su inteligencia y su saber a través de su cuerpo naturaleza y espíritu se encontrarían para hacerlo todo más fácil.  No sé porque te cuento esto, quizás porque pienso ya no me importa tus sentimientos.

  Qué opinas del amor, Amanta - Amanta se volvió medio soñolienta, bese sus labios, cogí sus pechos; me amamante con sus pezones; lamí su clítoris y su vagina intente captar y saborear el flujo para dar más contenido al acto. La vida como historia como cada una de las cosas. El recuerdo de una sensación que nos lleva al retorno. La razón como capacidad de lo que somos en último término. La libertad de ser nosotros y la libertad de participar de los demás por la libertad de éstos, lo cual le da una gran belleza a la cosa, a la vida.

  Mi miembro se erguía en ese mismo momento confirmaba parte de mi identidad y la identidad de ella me llevaba hacia ella. Así, la música, el lenguaje, el contenido del lenguaje; la música del lenguaje. La misma estética de los cuerpos y su hecho diferencial que le daba al acto y al mundo otra dimensión. Pensé que la condena del hombre era buscar la felicidad en la virtud por medio de la virtud. Pensé que la felicidad es una liberación, que era el reconocimiento de la propia libertad, del propio ser no determinado, sino, que se determina por su propio hacer y por la propia naturaleza divina.

  Me levante de mañana cuando refrescaba entre las rendijas y las esquinas sombrías cuando el frio se arrima al cuerpo y nos recogemos en nosotros produciéndonos la extraña y placentera sensación de estar seguros de estar encontrándonos con nosotros.

  Me levante con los parpados amoratados, derrotado por el sueño vencido por la pesadilla. El amor se había convertido en un espejismo. No encontraba nada halla donde parecía haberlo. El vicio, el deseo, el placer se había convertido en una rutina, ni siquiera merecía la pena el esfuerzo.

  Subí a la terraza desnudo coloqué mis pies encima mismo del borde que se paraba la vida de la muerte. Y, allí, erguido, valeroso y grande como el más de los hombres, por encima de todas las alturas, contemplé el mundo.

Miré hacia abajo, donde empezaba a circular los primeros coches, una sensación de pánico y de vacío debilitaron mi cuerpo. Cerré mis puños y alcé mis ojos al firmamento y brotaron lágrimas y lágrimas, mis fuerzas empezaron a consumirse, miré hacia atrás a mi dormitorio; un dormitorio limpio y acogedor. Una sensación fresca de vida se respiraba en aquel dormitorio, entre lo primitivo y lo eterno. Mi figura esbelta se iba entregando, mis manos caídas y mis ojos se habían abierto hasta ser redondos. Las últimas lágrimas recorrieron mis mejillas, mi mirada se estaba perdiendo. Así pasaron varios minutos.

Volví a la cama y quede dormido. Un sueño derramo imagines en mi cerebro y vi un inmenso caballo alado montado por un jinete de cuerpo desnudo, de cabellos largos y erizados de oro. Sus ojos brillaron lanzando destellos de luz. Su cuerpo era vigoroso y fuerte, quise reconocerme a mí mismo, pero en ese instante el caballo alado con su jinete se difumino.

  Ahora contemplaba una fila de mujeres jóvenes vestidas con túnicas de azul claro que dejaban ver sus pechos inmaduros y tiernos. Todas sonreían de forma tímida. Apareció otra fila de mujeres adultas con túnicas rosadas y sus pechos maduros y llenos de vida al descubierto. Unas grandes ojeras y una infinita bondad eran visibles en sus rostros que me cautivaron y perturbaron mi ánimo, cuando hice el intento de fijar mi mirada unos rayos de sol deslumbraron mi despertar.

Melina. - Algunas mujeres

  Algunas mujeres no conocen que es un orgasmo, sus sueños son tan grandes, que no saben a nada.

  Vosotros que sois duchos guerreros tenéis derecho a la tormenta, a ser almas simples, a danzar el baile del último y una vez bailado a dialogar.

  Los cuerpos ensangrentados desatan vuestra compasión, la mujer vierte lágrimas de rabia, pero a veces su dolor es no haber sido de otro.

  Que grandeza la tuya que enciendes tu volcán para derramar bondad. Sí, hay mujeres que su dolor es tan grande que es insignificante, porque su dolor es, a veces, la mentira vestida de azul.

Melina. - Los poetas.

  Hoy los viejos poetas levantaban sus desharrapadas camisas. Un tuberculoso blandea lenguas de amor por una princesa de un país, llamado España. Su mano sarmentosa y grande se agita como el péndulo de un reloj sin hora. Hastiado de sus ojos, pues sólo mira a la princesa, le ha hincado su negruzca y asquerosa uña, produciendo un ruido de cuajo. La mesilla de noche a carraspeado y la princesa ha lanzado un grito, asustada por el placer ha dejado caer su túnica de seda al vacío.

 

Melina. - Debe el orgasmo ser amor y deseo.

  ¿Debe ser el amor un amasijo humano envuelto en sudor y esperma? ¿Gritos de orgasmo que surquen el aire? Todo en un carnaval eterno.

  Yo he de admirar a estos hijos del infierno que se entregan, sin perdón de Dios, al delirio injurioso de poseer con sus vástagos las infinitas entrañas del sexo femenino. Y ésta sentirse poseídas por el morbo extraño de quien la hace su presa. Todo en un génesis loco de convulsiones hasta que la mente se hunda en el lodo, hasta que el cielo grisáceo y pestilente haga vomitar sangre y pus de nuestras almas.

 

Melina. - Voy buscándote.

 

  Donde estás que no te visto, ni siquiera sé si es posible verte. Que separan tus hermosos labios, envueltos de néctar secos de sol y de mar de mí.

  He de ser yo un rayo así de imposible, héroe muerto para saber que el amor es trascendente, estar loco como el vacío.

  Ven, yo estoy dispuesto a ser tu esclavo, a adorar tus concavidades. De rodillas he de andar, sí, pero la eternidad se acaba.

  ¿Sabes en qué trabajo? En un ser eterno, un ser Dios material capaz de lanzar sobre ti un destello de luz, fuerza irresistible que evapore tu orgasmo.

  Lanzar sobre tu pubis vaginal un sorbo tan inmenso como el Cosmos. Amarte así, como nada, sin embargo, camino a tu alrededor estoy aprendiendo me digo. Pero tú te vas, desapareces y yo cavo mi tumba y me amortajo de ser divino y de luz blanca. ¡No sé amarte! Y me vuelvo a amortajar de lágrimas, y sufro, y me redimo, y me salvo y vuelvo a caminar, entre los humanos y sus razones.

 

Melina. -Himnos de agradecimiento

  Melina, tocaré la lira como Hermes, tocaré una melodía arrobadora y cantaré al mismo tiempo alabanzas de dulces sentimientos.

  Seduciré sin arrogancias, la virtud de tu vientre, pregonaré que todo lo que crece en él te pertenece. Invocaré alas de misterio, para combatir la ley que pueda decir lo contrario.

  Yo alabaré dulcemente, la grandeza de tu ser.

Compondré himnos que ensalcen tus virtudes, para que destierres cualquier duda de la nobleza de mi acción, y de mi amor por ti ¡Ninfa mía!

 

 

Melina. -La felicidad del todo.

  El amor se ha difuminado, parece que se ha enterrada ya la paradoja del amor y vuelven a brotar mariposas cándidas. El cielo azul resplandece, las hojas verdes centellean; el viento pasa con una sonrisa nueva.

  Todo parece fundirse en un porvenir nuevo. Cuanto logro, por fin me envuelvo en mantos de encajes de colores y me siento feliz; hoy podré dormir tranquilo en mi butaca, he descubierto la felicidad del Todo.

 

Melina. - Tus juveniles concavidades

  Quiero besar tus juveniles concavidades, amar tu inocencia de niña ávida de ídolos. Quisiera montarte en una dichosa eternidad de olas, ser un héroe como Ulises.

  Yo té buscaré y estrecharé tu cuerpo con amor lujurioso, y en orgasmos delirantes jugaremos a la inmortalidad.

  Déjame besar tu vientre de imperecedera luz yo te miraré desde la altura de tus ojos, besaré tus labios en un laberinto de calles oscuras y llenaré mi lengua de tu bálsamo.

  Así, en un caminar recto haré volar tu cuerpo por infinidad de rutas. Jugaremos siempre a lo mismo, siendo diferentes titanes.

  Ven quiero escuchar tus gritos sentir tus convulsiones mirar el éxtasis de tu rostro donde, en ese momento reflejas la eterna y feliz juventud.

 

Melina. –Hoy te he visto.

  Hoy te he visto, cuando estaba perdido en la nada

Sales a decirme que tu estas ahí, hermosa y bella inocencia, tan fresca de bondad.

  Sí, tú eres mi gran amor. Tú aún conviertes mi vida en ilusión y esperanza; sin embargo, tu misma inocencia te engaña. Yo no he de amarte como ahora, sólo verte y reírme de tus tiernas travesuras, de tu asombrada observación.

  Busca ninfa mía por los confines del mar el caballo de Júpiter. Busca esperanza mía, sentido de mis sueños, busca con velos blancos los espacios destellantes de colores.

  Yo seré el guardián de tus sueños, desbrozaré la grama de tu camino. Yo te daré todo joven calidad e inocencia de adolescente juventud.

  Vete danzando por caminos de alegría, escoge cuanto quieras; yo te doy suspiros y esperanza de vida.

No, que no marchiten tu bondad, que no rompan tu inocencia, que el mundo oscuro no entierre tu luz.

Vuela ninfa mía, vuela con más hermosura que nunca. Desnuda tu cuerpo que no es pecado.

  Ya no quiero estrechar tu cuerpo, ni besar tu pubis, sólo quiero amar tu felicidad que para mí es la felicidad del mundo.

 

Melina. -Mi amor.

  Te mando besos profundos y grandes, giro entorno a tu figura, rodeo la vertiente del ser que te imprime vida. Y en tu pequeñez sensible y amorosa contemplas el pasar del tiempo y yo te rescato sin ser príncipe.

 

Melina. –Los gobernantes

  Los primeros miserables habían levantado sus castillos. Algunas mujeres se agolpaban en torno a la gran subasta, buscaban un hombre, un cobijo ante las dificultades. Ante el pánico mortal a la vida, la libertad estaba siendo vendida.

  ¡Vosotros! Impostores sin escrúpulos que acecháis, engreídos, inmorales, poseedores de bienes que ante la mínima duda lanzáis todo vuestro patriarcado para comprar voluntades.

  Detentores de la ley, expendedores de normas, roedores de la cultura, hipócritas de la miseria amantes de las mentiras injustas.

  Habían levantado el estrado con toda su liturgia. Había una impresionante maraña humana, donde sobresalían cabezas de gobernantes, estructuras y nomenclaturas opacas. Pergaminos revestidos de leyes, acuerdos firmados a impresionantes alturas. A ellos se unían cientos de jerarcas, papas, obispos, infinidad de curas, 

  Los escribanos escribían el nombre de la amada en la columna de las treinta monedas. De sus bocas serpenteaban palabras llenas de aparentes razones; estaban comprando el amor. 

Melina. -Cuarta carta a la amada.

  ¡Hola, amor¡ Te escribo desde casa tumbado encima de la cama. Estoy trabajando en el verdadero ser de las cosas.

  Me he puesto de pie y he mirado entre las ventanas. He mirado a lo lejos por encima de las azoteas de los pisos adyacentes, y he visto un inmenso caballo alado montado por un jinete de cuerpo desnudo, de cabellos

largos y erizados de oro. Sus ojos brillaban lanzando destellos de luz. Su cuerpo era vigoroso y fuerte y me he reconocido a mí mismo, en ese mismo instante el caballo alado y su jinete se han difuminado y una fila de mujeres jóvenes vestidas con túnicas de azul claro que dejaban ver sus pechos inmaduros y tiernos se ha hecho presente enfrente de mí. Todas sonreían de una forma tímida.

  Apareció otra fila de mujeres adultas con túnicas rosadas y pechos maduros, llenos de vida al descubierto. Unas grandes ojeras y una infinita bondad eran visibles en sus rostros que me han cautivado y han perturbado mi ánimo y me han dicho que una mancha de mora con otra mora se quita. En ese mismo instante el teléfono ha sonado, era Amanda una chica que he conocido en el supermercado de al lado de mi casa; hoy tendremos nuestra primera cita. El pensamiento de hablar con ella, de la vida, de los objetivos y de las ilusiones; embriagados por nuestras propias dudas y entre sonrisas de felicidad.

  Hoy me consuelo de no haberte enviado mis cartas. La venda de mis ojos cuelga en la percha del sanjuán, los tapones, que me hacían sordo a las palabras que me aconsejaban, corren por las cañerías en busca de las cloacas; la negación de la razón que maniataba mi conciencia, ha sido pulverizada por la dialéctica. Hoy voy a cenar y a embriagarme con vino, junto a un bello corazón de mujer ávido de amor.

 Besos.

Tapa trasera

Jose Diaz Romero

  Me había contado, que a los dieciocho años salió de Inglaterra camino de Holanda, luego Italia y contaba con 20 años cuando llego a Barcelona, en una de esas tardes de verano en el Bar Zurich fue cuando se encontró con Melina y estableció una relación con ella, se enamoraron y estuvieron saliendo un año. 

  Su tristeza y melancolía comenzó el día que ella rompió su relación con él. Una crisis de valores se hizo, desde entonces, patente en él, un desánimo y una actitud negativa sobre el mundo y sus gentes afloraba de cuando en cuando en su espíritu, que en parte ha reflejado en estos escritos.  Un rencor profundo emana de su alma dolida. Se siente profundamente decepcionado. Todo producto de un amor que no se tiene, que se echa en falta.  Ya no es la predilección del sujeto amado lo que le hace entrar en una crisis de valores. Le parece que el egoísmo y el interés priman en las relaciones de los individuos anteponiéndolo aun amor sincero, carente de intereses, donde prime el carácter humano, el corazón de las personas sobre cualquier otra cosa.  Este desengaño produce una actitud crítica por la actitud de la amada, le parece chocante y triste que le diga adiós que ya no le ama. Así, que se dedica a buscar los valores de la verdad, la belleza, la búsqueda de la perfección en la necesidad de restituir lo humano, mostrándose a veces desesperado en ese ir y venir del cielo a la tierra en ese moverse en la dualidad infierno - cielo, materia - espíritu, entre lo infinito y lo finito, lo mutable e inmutable; buscando la eternidad pero regocijándose con la muerte, para entender su propia limitación como ser humano que le lleva a reconciliarse consigo mismo. 

Espero que mi amigo vuelva un día.

José Díaz



Melina o Albores de amor del joven Galbraith

Escrito por JoseDiazRomero 03-04-2018 en Novela. Comentarios (0)